El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales del penthouse, bañando el piso de madera con un resplandor dorado y cálido. Mara estaba en el balcón, con los codos apoyados en la barandilla y la mirada perdida en el horizonte. El viento movía su cabello suelto, creando ondas suaves que se mecían con la brisa. Los pájaros cantaban en los árboles cercanos, y el aroma a flores frescas subía desde el jardín del edificio. Era un momento de paz, de tranquilidad, uno de esos momentos en los