La mansión Hidalgo estaba en silencio, roto solo por los sollozos ahogados de Hanny, que aún permanecía arrodillada en el suelo, con las lágrimas rodando por sus mejillas y los hombros temblando. Pero nadie la miraba. Todos los ojos estaban puestos en Don Félix, que se había levantado de su sillón con la ayuda de su bastón y caminaba lentamente hacia el centro del salón. La luz de los candelabros se reflejaba en sus ojos negros, dándoles un brillo que era a la vez sabiduría y determinación. El