La noche había caído sobre la mansión de los Rivas, y el silencio era tan profundo que solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared. La luz tenue de las lámparas iluminaba el vestíbulo, creando sombras alargadas que se movían con la brisa que entraba por las ventanas entreabiertas. Hanny entró con pasos sigilosos, tratando de no hacer ruido. Sus zapatos de tacón apenas rozaban el mármol del suelo mientras se deslizaba hacia las escaleras, esperando que nadie la viera. El corazón le latía con