Los días pasaron. La recuperación de Maritza había sido tan rápida como sorprendente. Los médicos, encabezados por el doctor Juan, habían logrado estabilizarla y devolverle la vitalidad que había perdido durante años de encierro y silencio. La luz del sol entraba por los ventanales del hospital, iluminando su rostro con un resplandor dorado que parecía anunciar un nuevo comienzo. Maritza estaba sentada en la cama, con las manos sobre el regazo y una mezcla de alegría y tristeza en los ojos. Sab