Fernanda pidió cenar con Adrián a solas.
No lo hizo con exigencia. Lo dijo con esa suavidad que volvía difícil negarse sin parecer cruel. Estaban en la sala pequeña de la mansión Montenegro, después de una sesión de terapia que la había dejado cansada, pero animada.
—Quisiera agradecerte todo lo que has hecho por mí —dijo ella, con las manos sobre la manta que cubría sus piernas—. No tiene que ser algo formal. Solo una cena. Tú y yo.
Adrián dejó el vaso de agua sobre la mesa.
—No tienes que agra