—Estamos en París.
—Acabas de salir de una comisaría.
—Y tú llevas horas esperando. Caminar puede ayudarte a enojarte menos.
—No estoy enojada porque me falte caminar.
—Entonces camina enojada conmigo.
Victoria lo miró con incredulidad, pero Adrián no parecía burlarse; había en su voz un intento evidente de no discutir y, al mismo tiempo, de no dejar que la noche terminara dentro de un automóvil silencioso.
—No voy a fingir que esto fue una cita —advirtió.
—No te lo pedí.
—Ni que estoy feliz de