Victoria se quedó sola en la sala privada de la familia Montenegro, sentada en el mismo sillón donde Fernanda había dejado el sobre blanco con el boleto de regreso a casa. No lo tocó ni lo apartó, solo lo miró durante varios minutos como si aquel pedazo de papel pudiera convertirse en una prueba de que todo lo que acababa de escuchar era una mentira demasiado cruel para ser real.
Adrián llegaría, tenía que llegar.
Una hora pasó mientras Victoria revisaba el teléfono tantas veces que dejó de con