Dante presentaba una mejoría notable. El tono cenizo de su piel desapareció y sus ojos recuperaron el brillo metálico de siempre. Después de esa gran fiebre que casi acabó con él, la vida le sonrió con unos instantes de lucidez. Karina entró con la tabla clínica bajo el brazo y observó el monitor con un alivio estrictamente profesional. Nunca admitiría en voz alta que le preocupaba Dante y que le preocupaba muchisimo su recuperación.
Karina apenas durmió la noche anterior, y si a quedarse dormida cinco minutos en una silla era dormir. Pasó toda la noche con él, preocupada, colocándole cocteles de antibióticos y revisando sus signos. A pesar del daño que Dante hizo en la vida de Karina, ella estaba lejos de quererlo muerto. Además, tenía una hija que debía cuidar, y un hijo al que debía decirle que era su padre.
—Te ves mucho mejor hoy. Los antibióticos y los fluidos intravenosos funcionaron —dijo ella mientras ajustaba el goteo del suero y Dante miraba su cuerpo un poco más delgado—.