El ingreso de Dante en la suite de alta seguridad de la clínica fue más por sus síntomas que una situación protocolar. Además de punciones, monitoreos que emitían pitidos rítmicos y análisis de laboratorio que no arrojaban respuestas claras, también estaba Karina para encargarse de su bienestar. Karina, movida por una mezcla de deber ético y un lazo que se negaba a romperse, deambulaba en el hospital como un espectro blanco, pegada a un expediente que cada vez parecía más un laberinto sin salida.
Sin embargo, la primera noche de internamiento trajo consigo el verdadero terror. Eran pasadas las once de la noche cuando algo fuerte sucedió. Karina ya tenía su bolso en la mano y se disponía a volver a casa para enfrentar el silencio cargado de reproches de Luciano, cuando una enfermera irrumpió en el área de descanso con el rostro desencajado y con un expediente en las manos.
—¡Doctora Harroway! El paciente de la 402... su temperatura subió en menos de diez minutos. —La mujer recuperó el