Karina entró en su oficina con la respiración todavía acelerada por la adrenalina de urgencias y se detuvo en seco al ver la escena. En el sofá de cuero marrón, Leo y Elena compartían una bolsa de galletas y dos vasos de jugo de naranja. Charlaban con una naturalidad que contrastaba con el caos del hospital y parecía que ninguno de los dos fue salpicado por la angustia de los adultos.
—¡Mamá! —exclamó Leo, poniéndose de pie de un salto y señalando a su mamá con muchisimo orgullo—. Ella es mi ma