Karina entró en su oficina con la respiración todavía acelerada por la adrenalina de urgencias y se detuvo en seco al ver la escena. En el sofá de cuero marrón, Leo y Elena compartían una bolsa de galletas y dos vasos de jugo de naranja. Charlaban con una naturalidad que contrastaba con el caos del hospital y parecía que ninguno de los dos fue salpicado por la angustia de los adultos.
—¡Mamá! —exclamó Leo, poniéndose de pie de un salto y señalando a su mamá con muchisimo orgullo—. Ella es mi mamá, Elena. Es la que manda aquí y salva a todos los enfermos.
Elena, que todavía tenía los párpados hinchados de tanto llorar, observó a Karina con timidez y esperanza. Le gustó saber que había alguien que podía salvar a su papi. No soportaría la idea de perder a Dante cuando era quien la acompañaba cada noche.
—¿Es verdad? —preguntó la niña con voz quebrada—. ¿Usted puede curar a mi papi? Quiero que salga de aquí hoy mismo.
Karina se acercó despacio. Sabia quien era la niña. La vio con Dante, y