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Karina caminaba por el ala de laboratorios revisando unas gráficas cuando divisó una figura familiar apoyada contra la pared, cerca de su oficina, relajado, como si perteneciera al lugar. Era Dante. A pesar del impecable traje oscuro, su rostro delataba una fatiga que el maquillaje o el orgullo no podían ocultar. Sus ojeras eran sombras profundas y su piel tenía un matiz cenizo.

—Dante, ¿qué haces aquí? —preguntó Karina, acercándose con el ceño fruncido y las manos en los bolsillos—. El médico fue muy claro: debías estar en reposo total hoy. Estás ojeroso, te ves agotado.

—Estoy bien, de verdad —respondió él con una sonrisa débil que no llegó a sus ojos, pero que bastó para calentar el corazón de ella—. No podía quedarme en casa sabiendo el caos que se desató en la prensa anoche. Estaba preocupado por ti. Pensé que tu esposo podría estar molesto por la entrevista y las fotos de la terraza.

Karina sintió una punzada de amargura al recordar la discusión de la noche anterior con Luciano
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