Karina caminaba por el ala de laboratorios revisando unas gráficas cuando divisó una figura familiar apoyada contra la pared, cerca de su oficina, relajado, como si perteneciera al lugar. Era Dante. A pesar del impecable traje oscuro, su rostro delataba una fatiga que el maquillaje o el orgullo no podían ocultar. Sus ojeras eran sombras profundas y su piel tenía un matiz cenizo.
—Dante, ¿qué haces aquí? —preguntó Karina, acercándose con el ceño fruncido y las manos en los bolsillos—. El médico