Tres años transcurrieron desde que el llanto de dos recién nacidos alteró el tablero de esa guerra.
En la mansión Ashworth, el lujo se sentía como un mausoleo de mármol y terciopelo donde el silencio solo se fracturaba por las risas de la pequeña Elena, la primogénita de Dante Ashworth.
La niña era el único sol en el sistema solar de Dante; el empresario implacable, aquel hombre de negocios cuya sombra atemorizaba a la ciudad, se desvanecía en cuanto cruzaba el umbral de su hogar. Él rechazaba cenas de gala, ignoraba llamadas de inversores y ensayaba voces de cuentos infantiles solo para arrancar una carcajada a su hija cada noche sin falta.
Sin embargo, ese amor era un oasis rodeado por un desierto de hiel que comprendía el matrimonio. Su matrimonio con Olivia era una cáscara vacía, un pacto de odio sellado bajo la mirada de las cámaras. No existían las caricias y la intimidad murió tiempo atrás, sustituida por una tregua armada. Dante vivía bajo la guillotina de la amenaza que ella