Tres años transcurrieron desde que el llanto de dos recién nacidos alteró el tablero de esa guerra.
En la mansión Ashworth, el lujo se sentía como un mausoleo de mármol y terciopelo donde el silencio solo se fracturaba por las risas de la pequeña Elena, la primogénita de Dante Ashworth.
La niña era el único sol en el sistema solar de Dante; el empresario implacable, aquel hombre de negocios cuya sombra atemorizaba a la ciudad, se desvanecía en cuanto cruzaba el umbral de su hogar. Él rechazaba