Mientras el matrimonio Ashworth se desmoronaba en la ciudad bajo un mar de lujos vacíos y gritos sordos, en la casa de la playa el tiempo transcurría con una calma casi irreal.
Karina y Luciano habían erigido un hogar sobre cimientos de respeto y una ternura que rozaba lo sagrado para ambos. Aunque habitaban habitaciones separadas por un acuerdo tácito de honor, la crianza del pequeño Leo los mantenía unidos por un hilo invisible, más fuerte que cualquier contrato legal.
Leo, a sus tres años, r