El rugido de un motor rompió el monótono murmullo de las olas, como un sonido intruso que quebró la paz de la costa. Karina, instalada en el pórtico de madera vieja, sufrió un vuelco en el corazón en cuando escuchó que un auto se acercaba. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad que no procedía de la tormenta que se gestaba en el horizonte. Por un momento pensó que podía ser Teo, pero cuando se asomó no era el auto de Teo.
Al reconocer a Luciano, una mezcla de alivio y temor la invadió por completo. Gracias a Dios no era un loco, aunque no sabía si Luciano era mejor que cualquier otra persona. Seguía con ese mal sabor de boca por lo que pasó entre ellos meses atrás.
Cuando bajó del auto, lucía más delgado. La mandíbula se marcaba con una dureza nueva y la mirada reflejaba el cansancio de quien libraba batallas legales sin descanso, y que era abucheado en la calle por algo que no cometió. Sin embargo, sus ojos conservaban la bondad de siempre, y eran un faro de luz en medi