Cinco meses transcurrieron con la pesadez de un suspiro salado que golpeó la nariz de Karina. Para Karina, la cabaña de madera vieja se convirtió en su universo entero y un santuario donde el tiempo se medía por el ritmo de las mareas y no por el reloj que colgaba de la pared roja de la cocina de antaño. Su vientre, ahora prominente y firme, dictaba cada uno de sus movimientos y era el centro de su gravedad y la única brújula de su existencia.
Karina se consagró por completo a su hijo. No veía a través de los ojos de nadie más, y aunque por momentos le molestaba que Dante no supiera del bebé, cuando lo veía destruirse en televisión sabía que era lo mejor. Karina que lo conocía bien, sabía que no era feliz. Nadie feliz se la pasaba borracho la mayor parte del tiempo.
Aquella tarde, el cielo se tiñó de un violeta herido. Karina caminó por la orilla mientras el agua gélida lamía sus pies con una caricia eléctrica. Bajo su piel, percibió una sacudida vigorosa. Se detuvo, contuvo el alient