Cinco meses transcurrieron con la pesadez de un suspiro salado que golpeó la nariz de Karina. Para Karina, la cabaña de madera vieja se convirtió en su universo entero y un santuario donde el tiempo se medía por el ritmo de las mareas y no por el reloj que colgaba de la pared roja de la cocina de antaño. Su vientre, ahora prominente y firme, dictaba cada uno de sus movimientos y era el centro de su gravedad y la única brújula de su existencia.
Karina se consagró por completo a su hijo. No veía