La madrugada soplaba un aliento gélido y silencioso cuando Karina cruzó el umbral de la villa familiar. Su cuerpo proyectaba la viva imagen de una derrota absoluta. El vestido de seda lucía arrugas profundas, el maquillaje emborronaba sus mejillas y sus ojos, hinchados por el llanto, apenas soportaban la luz mortecina del recibidor. Se sentía pequeña, sucia y expuesta ante el mundo.
El eco de los insultos de Dante restallaba en sus oídos, marcándola con etiquetas que quemaban su piel a pesar de que su conciencia gritaba que nada de lo que su marido presenció era real.
En el gran vestíbulo, una silueta aguardaba en la penumbra. Julian permanecía sentado en uno de los sillones de cuero, con una expresión de fingida angustia que ocultaba la satisfacción de su plan cumplido. Él conocía cada detalle de esa noche; él mismo había ayudado a orquestar el montaje en aquella cama.
—¡Karina! Dios mío, ¿qué pasó? —exclamó Julian, mientras se levantaba de un salto y corría hacia ella con los brazos