La madrugada soplaba un aliento gélido y silencioso cuando Karina cruzó el umbral de la villa familiar. Su cuerpo proyectaba la viva imagen de una derrota absoluta. El vestido de seda lucía arrugas profundas, el maquillaje emborronaba sus mejillas y sus ojos, hinchados por el llanto, apenas soportaban la luz mortecina del recibidor. Se sentía pequeña, sucia y expuesta ante el mundo.
El eco de los insultos de Dante restallaba en sus oídos, marcándola con etiquetas que quemaban su piel a pesar de