Gregorio no parpadeó, no apartó el teléfono de sus manos. Su voz, firme y cruel, se clavó como un cuchillo en el pecho de Abril.
—No, Abril. Es la verdad que tú te niegas a ver —dijo con frialdad, aunque en sus ojos había un brillo malsano, como si disfrutara de la herida que acababa de abrir en ella—. Amadeo no es el hombre que crees.
El aire pareció desaparecer.
Abril sintió un nudo subiendo por su garganta, y las lágrimas, tercas, luchaban por escapar.
Apretó los dientes con furia, negándose