Amadeo entró en la habitación con pasos lentos, pesados.
La oscuridad lo envolvía como un presagio, y el eco de su respiración parecía retumbar en las paredes.
Se dejó caer en la silla junto al ventanal, mirando hacia la nada, con los ojos opacos, sin brillo.
Pensó en Ricardo.
Apretó los puños.
"Eres tan hipócrita, Ricardo… Tan perfecto ante todos, tan frágil, víctima… pero tú… tú eres quien me quiere muerto. El plan es claro, ¿no? Si yo desaparezco, si me quitan del camino, entonces toda la for