Cuando Abril abrió los ojos, lo primero que vio fue el rostro de Amadeo inclinado sobre ella.
Sus pupilas estaban cargadas de preocupación, pero también de ternura.
Había permanecido junto a su cama todo ese tiempo, velando por su vida como si fuera un guardián incansable.
—Todo está bien, mi amor —susurró él, acariciando con suavidad su mejilla—. Nuestro hijo y tu futura nuera están a salvo.
Esas palabras fueron como un bálsamo que disipó la angustia de su corazón. Abril se relajó y dejó escapa