Aníbal reclinó el asiento trasero, con un movimiento brusco que revelaba tanto autoridad como urgencia.
Con cuidado —aunque también con un fuego que apenas contenía— tomó a Mia por la cintura y la sentó a horcajadas sobre él.
La joven lo miró con esos ojos grandes, aparentemente ingenuos, pero brillantes, de una intensidad peligrosa, casi hipnótica.
El contacto de sus cuerpos era demasiado íntimo. El coronel, que había visto la guerra y conocido el miedo real en los campos de batalla, se encontr