—De rodillas.
La orden envió un estremecimiento al cuerpo de la mujer, quien no tuvo más remedio que obedecer.
Carol tragó grueso y se dejó caer de rodillas frente a él. El hombre hizo un puño de sus cabellos y alzó su cara para que lo mirara fijamente a esos ojos verdes intensos.
—Las reglas son simples: yo ordeno, tú obedeces —soltó de manera prepotente.
La mujer maldijo a su tono autoritario y a los efectos que causaban en su cuerpo. De alguna manera inexplicable, sintió avivar un