Lorena se paseaba de un lado a otro como una felina hambrienta a punto de realizar su caza, mientras hablaba con firmeza a través del teléfono.
—Los manteles deben ser de un blanco puro, sin arrugas —su voz era autoritaria—. Las flores, rosas blancas y lirios, en arreglos simétricos en cada mesa. Y no toleraré ni un solo detalle fuera de lugar. ¿Entendido?
—Sí, señora —contestó la decoradora de bodas del otro lado de la línea.
La mujer lanzó el teléfono hacia el sofá, justo después de termina