—¡¿Por qué demonios hiciste eso?! —lo empujó entrando al salón de clases, abarrotado de personas, sin importarle que los estuvieran escuchando.
—Cálmate —siseó Roberto, al darse cuenta de la atención negativa que estaban atrayendo.
—¡No voy a calmarme! —siguió gritando Alicia, enloquecida—. ¡Habla con mi padre y acaba con esto!
Roberto arrugó la nariz como un animal rabioso, un instante antes de tomarla del brazo y llevársela lejos.
—No hablaré con nadie. Te guste o no, vamos a casarnos.