Susana comenzó a masajear sus pechos ante la atenta mirada de su jefe. Anhelaba escuchar palabras lascivas de esos labios masculinos y ardientes. Sin embargo, nada de eso sucedió.
—Vístete inmediatamente.
Gustavo apartó la mirada con hastío y murmuró una maldición, que Susana no supo exactamente a quién iba dirigida.
—Señor, pero…
—Recoge tus porquerías y ni te atrevas a presentarte mañana. Está de más decir que estás despedida —soltó, dejando a la mujer sorprendida.
Evidentemente, Susana n