Sergio miró y me preguntó: —¿Vas a ir?
No. Luis necesitaba estar solo en este momento.
Sergio guardó silencio y después de unos segundos aparté instintiva la mirada. —Vámonos.
Cuando el coche se alejó, vi por el retrovisor que Luis seguía en la misma posición, encarnando la imagen de un lamento silencioso y profundo hacia el cielo.
Por culpa de Sergio, seguí distraída hasta llegar a la habitación de Mariana.
Sergio no dijo nada, pero me tomó cariñoso la mano al entrar.
Cuando entrelazó sus dedos