Sergio, con sus rápidos reflejos, me ayudó a sostener el jugo. Antes de que pudiera voltear, escuché esa voz tan familiar junto a mi oído:
—Sara, vaya que eres excelente, tendré que tomarte como maestra.
Paula finalmente había visto mi mensaje.
Le di un ligero golpecito —¡Terrible, casi me matas de un susto! ¿No sabes que de un susto uno puede pasar a mejor vida?
—Si te mueres del susto no podré pagarlo, ¿verdad, Sergio? —bromeó graciosa Paula con él.
Esta mujer era toda una ovejita sumisa frent