Sergio frotó su frente contra la mía —Te extraño mucho, muchísimo.
Tomó mi mano y la guió hacia su entrepierna.
Retiré mi mano, ocultándola tras mi espalda. Al ver mi nerviosismo, se rio suavemente
—¿Acaso no me deseas?
—No, para nada. Y ya de por si tengo sueño —lo empujé mientras buscaba las llaves.
Los nervios me traicionaron y no podía encontrarlas. Al final, Sergio las sacó por mí.
—Gatita asustada —susurró en mi oído.
Todo mi cuerpo ardía, como si su calor fuera contagioso.
Sergio abrió la