Me quedé petrificada. Nunca imaginé que en serio Sergio fuese tan directo. Y una vez más comprobé que además de determinado, era brutalmente honesto.
Mi corazón se aceleró y, antes de que pudiera procesar lo que pasaba, mi boca se adelantó a hablar:
—¿Por qué no te marchas ya mejor?
Vi cómo trago saliva.
—Es porque no quiero alejarme de ti.
Su respuesta era comprensible.
Así somos los enamorados, pegajosos hasta rayar en lo ridículo, queriendo estar juntos todo el día.
—En realidad temo que te e