Mario se acercó un paso hacia mí y, por instinto, retrocedí con firmeza. Con una amplia sonrisa en su rostro, me soltó sin decir más palabras: —Quiero que seas mi novia.
Me quedé asombrada por un instante, pero enseguida respondí con un tono burlón: —Señor Montenegro, no me parece apropiado hacer este tipo de bromas tan temprano, usted sabe muy bien...
—No es ninguna broma —me cortó en ese preciso instante—. Solo mi novia tiene el privilegio de conocer a mi padre.
Sus palabras me dejaron fría; e