55. Charla de mafiosos
Aun acostada en la cama y con el celular en las manos, comienzo a buscar el número de contacto de Dimitri. Entre uno, dos, tres intentos fallidos por sostener el teléfono, este se me resbala de las manos y termina cayendo sobre mí.
—¡Ay, Jesucristo¡ —exclamo, masajeándome mientras trato de no perder la paciencia—. Esto casi me revienta un seno.
Finalmente, consigo agarrar el celular con firmeza y retomo mi búsqueda. Ahí está su número. Marco y llevo el teléfono al oído. Apenas pasan un par de to