52. Interrogatorio
Desde el principio, he culpado a un solo hombre por mis desgracias, pero la verdad siempre ha estado frente a mí: soy yo quien ha llevado la perdición adherida a la suela de mis zapatos.
Solo hizo falta la presencia de mi ángel guardián, un instante en el que su mirada me alcanzó, para que esa oscuridad que me envolvía se replegara, humillada ante su luz. Como si su sola existencia fuera capaz de exponer lo que soy y lo que me temo: mi mayor enemiga.
Todo esto es mi culpa. Me dejé llevar por esa