MARCELLA
Corría.
No sabía adónde iba, pero mis pies se movían tan rápido como podían, mi respiración agitada y el pecho oprimido por el miedo. El lugar a mi alrededor era oscuro, como un callejón sin salida, y cada sombra parecía tener vida, observándome.
Entonces empecé a ver gente.
Sus rostros eran extraños, retorcidos y desconocidos, pero al mismo tiempo, me resultaban dolorosamente familiares. Algunos me señalaban, otros reían a carcajadas y otros susurraban palabras que hirieron más que na