La luz de la mañana se filtraba en jirones por las cortinas; en la habitación, el silencio olía a vendas y recuerdos. Ivana despertó entre sábanas frías, la piel como si miles de manos la hubiesen tocado esa noche. Dante dormía en una butaca junto a la cama, la barba de dos días marcada por la fatiga; su respiración, ajena al mundo, sonaba como un metrónomo que por ahora aún marcaba la calma.
Ella lo miró un largo rato: los moretones alrededor de sus ojos, la cicatriz de una vida que había deci