Astrid lo miró con detenimiento.
—Así que necesitas que las cosas se sientan reales.
Luca la sostuvo con la mirada.
—Digamos que prefiero vivir algo auténtico a seguir la ruta que alguien más trazó para mí.
Astrid dejó su copa en la mesa y sonrió.
—Eso me gusta.
La conversación continuó, y con cada minuto que pasaba, la tensión entre ellos aumentaba. No era forzada, no era premeditada. Solo estaba ahí, creciendo con cada mirada, con cada pausa en la conversación.
En algún punto de la noche, Astrid se inclinó un poco más hacia él.
—Entonces… ¿vamos a pretender que no hay algo aquí?
Luca sostuvo su mirada sin inmutarse.
—No soy de los que pretenden.
Astrid sonrió lentamente.
—Eso pensé.
La cena terminó, pero la noche no.
Y Luca, por primera vez en mucho tiempo, dejó de pensar en el club, en los negocios, en el futuro.
Solo se dejó llevar.
El día después: de vuelta al trabajo
La luz del sol apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas cuando Luca se despertó.
Se pasó una mano por el ros