13. El soberano del inframundo
Sin embargo, Jaxon la acorraló allí. El hombre inclinó el rostro hasta que sus narices estuvieron a punto de rozarse. La respiración de Jaxon era agitada y, al chocar contra el rostro de Elara, desprendía un intenso aroma a menta que no lograba enmascarar el hedor metálico de la sangre. Su mano derecha permanecía rígidamente oculta dentro del bolsillo del pantalón.
—Cuidado con dónde miras, Little Girl —gruñó Jaxon a escasos milímetros de los labios de Elara. Las venas de su cuello palpitaban,