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CAPÍTULO 5. Una persona sin importancia

CAPÍTULO 5. Una persona sin importancia

Moon miró el plato frente a ella, como si le costara entender lo que Renzo acababa de decirle. El aroma del desayuno, que debería haber despertado su hambre, no le causaba ninguna reacción. Su cuerpo estaba tan agotado que el simple hecho de estar despierta le parecía una tarea monumental.

Renzo la observaba en silencio, esperando a que obedeciera. Su orden era clara, pero no la presionaba. Había aprendido a leer a las personas, y en Moon lo que veía no era solo cansancio físico. Era como si su mente también estuviera agotada, atrapada en una especie de vacío donde las palabras no llegaban con facilidad.

Sin embargo, ella debía entender que la obediencia era esencial ahora. Así que, con algunos pasos temblorosos se sentó a la mesa y se sentó. Tomó un trozo de pan, lo miró durante unos segundos y luego lo llevó a su boca. Comió en silencio, masticando lentamente, casi de manera automática. Renzo observaba cada movimiento, curioso con que al menos ella estaba haciendo lo que le había ordenado.

No dijo nada más. No había necesidad. La comida era su primera prueba, un paso hacia adelante en ese extraño trato que habían sellado. Moon siguió comiendo en silencio mientras él se sentaba tras un escritorio a trabajar, y cuando terminó dejó el tenedor con cuidado sobre el plato.

—Bien —dijo Renzo sin cambiar la vista de los papeles que ahora revisaba—. Ahora puedes irte a descansar.

Moon se levantó despacio y miró a su alrededor, como si buscara algo. Sus ojos se fijaron en un gran cojín de un sofá cercano. Y quizás el cojín era demasiado grande o ella demasiado pequeña, pero pudo arrastrarlo hacia el escritorio de Renzo, lo colocó en el suelo junto a su silla y se tumbó allí, cerrando los ojos como si fuera lo único que necesitaba en ese momento.

Renzo levantó la vista de sus documentos solo por un segundo y miró a su derecha, a la chica acomodada a su lado, completamente ajena a la incomodidad del suelo de mármol, y observó cómo en cuestión de segundos su respiración se hacía más lenta y profunda. Quizás era extraño, pero para él significaba que ella se sentía a salvo allí.

Por un instante los ojos de Renzo se posaron en los brazos de Moon. A pesar de que ya no estaba sucia y las heridas superficiales habían sido tratadas, las marcas en su piel seguían allí, demasiado visibles. Algo dentro de él estalló dolorosamente, pero, como era su costumbre, Renzo no dejó que ninguna expresión asomara en su rostro.

Volvió a concentrarse en los papeles frente a él, dejando que el silencio de la casa los envolviera a ambos, y en los días que siguieron aquel patrón monótono se mantuvo. Moon solo tenía dos tareas: comer y dormir.

El servicio de la mansión, acostumbrado a obedecer sin preguntar, no tardó en notar la presencia de la chica, pero ninguno entendía qué hacía allí. Ella no hablaba, no trabajaba y, lo más sorprendente, Renzo no parecía exigirle nada más que esas dos simples cosas.

Cada mañana Moon aparecía en la biblioteca, comía en silencio, sin mirar a nadie, y luego se tumbaba en algún lugar cercano a donde él estuviera. Era como una sombra que lo seguía a todas partes, y también era un poco como si no existiera.

Los empleados del servicio murmuraban tratando de saber su identidad, pero de momento solo podían concluir que no era importante para el señor Viscontti, o de lo contrario no dormiría como ellos en un cuarto de servicio. Tenía que ser una criada más, solo que completamente inútil.

No sabían lo cerca que estaban de equivocarse con eso, porque casi al final de la semana, Renzo estaba en una de esas mañanas demasiado cargadas y molestas, y gruñó viendo el fondo de su vaso.

—Moon —murmuró y ella se levantó de inmediato—, ve a la cocina y tráeme un café de la nevera. Este café —advirtió señalando a una botella que hasta hacía poco había estado helada.

Moon sabía que las órdenes de Renzo eran para cumplirse sin cuestionamientos, aunque solo fuera un café, una llamada, lo que fuera. Caminó hasta la cocina, un lugar en el que no había estado antes, y observó a las cocineras trabajando. El aroma de la comida llenaba el aire, pero Moon solo se dirigió hacia la nevera y la abrió rebuscando por lo que él le había pedido.

En una sección especial del refrigerador había decenas de aquellas botellas, frías y listas para servirse, pero mientras extendía la mano para tomarla, una voz áspera resonó a sus espaldas.

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —gritó la jefa de cocina, una mujer robusta y de mal genio, que la miraba con impaciencia.

Al parecer la mañana tampoco estaba siendo buena para ella, y necesitaba con quién pagarlo.

Pero Moon no respondió, sabía que no podía hacerlo, así que solo tomó una de las botellas y se dirigió la salida.

—¡Te hice una pregunta! —exclamó la cocinera, acercándose rápidamente a ella—. ¡No tienes derecho a tocar nada de esto!

Al ver que la chica seguía sin decir una palabra, la cocinera perdió la paciencia, y la agarró del brazo, intentando detenerla.

—¡¿No me oíste, mocosa?! —gruñó, sacudiéndola—. ¿Quién te crees que eres? ¡Esto no es para ti!

Moon apretó los labios en su habitual silencio, pero su mirada era furiosa porque definitivamente conocía a la gente como ella.

—¡Devuelve la botella! —rugió la cocinera, quitándosela, pero Moon solo pasó a su lado y fue por otra—. ¡Que sueltes eso, maldita sea! —para ese momento la mujer estaba desquiciada y la tercera botella que le quitó de la mano fue acompañada de una bofetada seca que la mandó contra la puerta de la nevera.

El golpe resonó en la cocina. El labio inferior de Moon se rompió al instante y una pequeña línea de sangre comenzó a correr por su barbilla. Aun así, no hizo ni un sonido, y mientras las otras mujeres de la cocina reaccionaban asustadas tratando de calmar la situación, dio media vuelta y caminó de regreso hacia la biblioteca con una de aquellas botellas en la mano.

La puso frente a él con suavidad y cuando Renzo levantó los ojos lo primero con que estos tropezaron fue su labio roto. Ella seguía allí parada, sin mirarlo, y aunque sus ojos estaban húmedos, no derramaba ni una lágrima, ni hacía un solo sonido.

Renzo entrecerró los ojos, pero no le preguntó qué había pasado, ni por qué su labio estaba sangrando. Simplemente se levantó de su silla, dando una orden seca.

—Sígueme.

Moon obedeció sin dudarlo y veinte segundos después entraban a la cocina, provocando que diez rostros palidecieran a la vez.

—¿Quién le pegó a Moon? —preguntó Renzo con una voz ronca y carente de emoción, y frente a él solo se escucharon esos murmullos asustados que tanto le molestaban—. ¿Tengo que preguntarlo otra vez? 

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