DONNA CRUZ
Piero puso su chamarra sobre mis hombros antes de asomarse por los barrotes. Podía notar que estaba calculando el siguiente paso. Sus ojos violetas se entrecerraban suavemente mientras fruncía cada vez más el ceño, mientras que yo no podía alejar mi mirada de él. Era un hombre atractivo, con una ferocidad que se escondía detrás de una calma calculada, además de que estaba envuelto en esa aura de peligro que me enchinaba la piel.
El aire se volvió más denso y me obligué a desviar la