Capítulo setenta y ocho
Corro como una poseída y salgo del supermercado y me dirijo hacia donde el auto va rodando con lentitud.

—Oiga, ladrona, ¿qué se ha llevado? —Observo mis manos y veo la caja de chocolates, que cuesta cinco euros. —¡Ladrona! ¡Deténganla! —grita el vendedor de la tienda.

La gente me mira con extrañeza mientras observo que Aisha acelera un poco más.

¡Mierda! ´

Seguro que correr no va a ayudarle a mi piso pélvico. Acelero mis pasos porque desde donde me encuentro puedo
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