El sol brillante del mediodía caía sobre la terraza privada del penthouse en Miami. Sebastián Corsini permanecía dentro del jacuzzi de borde infinito, con los brazos apoyados en el contorno de mármol mientras contemplaba la inmensidad del océano Atlántico. El agua cristalina reflejaba la luz sobre su torso impecable y resaltaba el rasgo más perturbador y magnético de su rostro: un ojo de un azul gélido y el otro de una tonalidad avellana profunda.
Un par de pasos firmes sobre el suelo de teca a