—¡Jamás, maldito perro! ¡Ella es mía!
No esperó a que Damián se detuviera; levantó el arma y, con una precisión mortal, disparó directo a la extremidad del cobarde. El fogonazo iluminó el aire: la bala le destrozó el brazo derecho a Vito soltando un chorro de sangre, y el segundo impacto le mordió la pierna.
Vito soltó un grito de dolor absoluto, perdiendo el equilibrio. Herido, sangrando y maldiciendo, se arrastró como pudo hacia una motocicleta aparcada entre los arbustos, dio gas a trompicon