La atmósfera en la suite del hospital se volvió eléctrica, una mezcla de olor a antiséptico y el aroma metálico del peligro inminente. Arthur, oculto tras la sombra de la cortina, no pudo soportar ver a la mujer que, en el fondo, respetaba más que a su propia vida, siendo humillada por un hombre que ya no tenía honor.
Cuando Elio tiró del cabello de Aria, el sonido de un percutor siendo amartillado cortó el aire. Arthur salió de la penumbra, su rostro era una máscara de frialdad absoluta.
—Suel