Capítulo cuarenta y cuatro.
Cuando bajo a la recepción y salgo a la calle, noto que Carl no está parado esperando por mi llegada ni la camioneta que usan habitualmente para transportarse. Sino que ahora una figura imponente y atractiva, la misma que provoca que tenga que tomar una respiración honda, está parada delante de un coche negro que conozco bien. Es el mismo que usó aquella noche de bar para traerme a casa.
Su mirada se encuentra con la mía. La veo brillar. Le doy una sonrisa ladina mientras me acerco.
—Hola, Ken—