Capítulo cuarenta y cinco.
—Dios... Es hermoso.
Le sonrío a la castaña mientras ella no deja de admirar el anillo que ahora ocupa su dedo. Ve embelesada los pequeños diamantes que brillan a medida que lo va moviendo. No ha dejado de tener esa mirada vidriosa desde que aceptó.
—Me alegro mucho por ustedes. Se lo merecen—le digo suavemente, tomando un sorbo de mi copa nueva de vino.
Ella entonces me mira directamente. Suelta una pequeña sonrisa culposa.
—Lo siento, estoy quedando como una maldita egocéntrica—se aproxima a