70.
Alba
Ante la mirada incrédula de todos los invitados, Gian me arrastró con él. A pesar de mis agitadas protestas, él no me hizo caso y siguió avanzando con paso furioso. Ni siquiera le importó que nuestro hijo nos llamara a los gritos, sin entender lo que pasaba. Lo único que pude hacer fue voltear hacia Nuria y rogarle con la mirada que cuidara de él.
Por suerte, ella asintió, tranquilizándome en ese sentido.
—¡Gian, suéltame! —le exigí cuando nos metimos en el ascensor, que se abrió casi de i