Ana
Las luces fluorescentes del campus zumbaban débilmente sobre mi cabeza mientras empujaba la pesada puerta de la biblioteca, con la mochila colgada de un solo hombro. Pasaban de las nueve, esa hora en la que la mayoría de los estudiantes ya se habían arrastrado de vuelta a sus residencias para ver Netflix y comer ramen barato. Pero yo no. Los exámenes parciales me respiraban en la nuca, y la única forma de estudiar sin el parloteo interminable de mi compañera de cuarto era encerrarme aquí ha