Entonces trajeron una máquina de follar… elegante, negra, industrial. La montaron… tenía un enorme consolador de silicona, venoso, con relieves, fácilmente de diez pulgadas de largo y tan grueso como mi muñeca. La cabeza era ancha y obscena. Lo lubricaron generosamente; el húmedo sonido de chapoteo se escuchó fuerte en la habitación.
El hombre de la correa se arrodilló entre mis muslos abiertos, sosteniendo un potente vibrador de varita… la cabeza bulbosa ya zumbaba en bajo. Lo presionó firmeme