La voz de Roland flotó desde el salón, perezosa y burlona.
Me quedé helada. Estaba repantigado en el sofá, un brazo echado sobre el respaldo, el otro sosteniendo un vaso con algo ámbar. La luz del televisor parpadeaba sobre su rostro, haciendo que su sonrisa pareciera más afilada de lo habitual.
—No pensé que llegarías tan tarde —dijo.
—Estuve en la biblioteca —respondí, la voz pequeña y entrecortada.
Bajó el volumen de la música.
—¿Estudiando, eh? —alargó la palabra como si no se lo creyera—