Un escalofrío me recorrió la espalda… no solo por el calor del agua, sino por la forma en que mi clítoris palpitaba al recordar su lengua lamiéndome allí. Presioné más fuerte, trazando círculos, pero me detuve justo antes, la respiración entrecortada.
Salí de la ducha y me vestí con unos vaqueros que me rozaban los muslos internos y una camiseta holgada que ocultaba las marcas. Bajé las escaleras. Mamá estaba frente a la estufa, volteando huevos, el pelo recogido en una coleta.
—Buenos días,