Cuando terminamos con los platos, subí a mi habitación y eché el pestillo. No sabía si era lo suficientemente loco como para irrumpir en mi cuarto con nuestros padres en casa. Me tumbé en la cama y tracé los moretones con dedos tentativos, haciendo una mueca por el calor que ardía bajo mi piel.
El sueño me eludía; mi mente repetía los juguetes, su polla embistiéndome el coño. Lo odiaba y lo amaba al mismo tiempo, la forma en que el dolor se retorcía hasta convertirse en algo eléctrico. Apreté l