Entro al salón tres horas antes de que todo comience. El sitio es un caos de gente corriendo, cables tirados por todas partes y el sonido constante de tacones golpeando el suelo sin descanso.
Llevo semanas preparando esto para que mi nombre no sea la sombra de nadie, sino una firma propia que brille por sí misma en Chicago. Los floristas terminan los arreglos, las modelos se retocan en sus estaciones y yo me siento al borde de un precipicio, vestida con un diseño que me ha costado sangre, sudor